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Relaciones Institucionales

Intervención de Don Juan de Dios Ramírez Heredia, Presidente de la Unión Romaní.
Discurso "La voz del pueblo gitano"

Discurso del Presidente de la Unión Romaní, Juan de Dios Ramírez Heredia. Versión castellano

Dignísimas autoridades, Sras., Sres., queridos amigos y hermanos:

Una celebración como esta tiene que ser forzosamente una celebración triste. Podemos alegrarnos por los supervivientes, podemos alegrarnos porque tal vez un futuro de esperanza en nuestra lucha contra el racismo tiene razón de ser. Pero el recuerdo de la tragedia pasada, la sangre de tantas víctimas inocentes, tantas vidas truncadas de tantos niños que empezaban a florecer en la vida, tiene que ser para nosotros forzosamente un recuerdo triste.

Heredia

La primera vez en mi vida que oí hablar del holocausto gitano,- había oído hablar del holocausto judío desde que tenía uso de razón-, pero cuándo me contaron directamente los gitanos centroeuropeos lo que habían sufrido, cuándo tuve posibilidad de hablar con aquellas gitanas, que difícilmente podían retener las lágrimas cuándo hablaban de sus padres, de sus abuelos vilmente asesinados en las cámaras de gas nazis, tuve absoluta conciencia de la dimensión contra la humanidad que representó aquel momento terrible en la historia de locura colectiva.

El Holocausto es algo que debemos reconocer y nos debemos reconocer y recordar con las tintas negras de uno de los pasajes más trágicos de la historia de la humanidad. Y aquello, queridos amigos, no aconteció porque sí. Yo que tengo un gran respeto por el pueblo alemán, pienso que algún día, aquel pueblo, no se acostó por la noche demócrata, liberal, respetuoso de los derechos humanos y al día siguiente, se despertó borracho de odio, con un odio ciego dispuesto a acabar con todo lo que no se pareciera a la idea que ellos tenían de la humanidad y su propia personalidad colectiva. Y aquello se fue fraguando.

Yo quiero llamar la atención en mis palabras de esta tarde sobre aquella realidad de entonces que hizo posible el Holocausto, porque, algunas veces, uno contempla como en el mundo que nos ha tocado vivir, hoy en 2007 empiezan a darse en algunas circunstancias, en algunos países, en algunos momentos concretos, hechos que recuerdan de alguna forma los prolegómenos del Holocausto. Es verdad que en el año treinta y tres, treinta y cinco en la legislación alemana surgen leyes tan impensables como que se tenía que prevenir contra enfermedades hereditarias que pudieran provenir de ciudadanos que no eran alemanes y por lo tanto judíos, gitanos tenían que ser puestos en cuarentena, porque ellos en su sangre, por lo visto, llevaban un germen hereditario de enfermedades. Y alguien aceptó aquello como lo más natural. Y dos años después surge una ley tan estrambótica como decir que los ciudadanos de la pureza alemana no podían tener relaciones sexuales ni mucho menos casarse con quien no perteneciera a la pureza impoluta de aquella pretendida raza aria. Y se aceptó.

Hoy, en estos momentos, 2007, en uno de los países que integran nuestra comunidad se está practicando la esterilización contra algunas gitanas, estoy hablando de Chequia. Tengo testimonios para poderlo demostrar. Porque hay que acabar de alguna manera con grupos, razas, etnias, grupos que son considerados molestos.

El recuerdo del Holocausto, queridos amigos, tiene que ser por lo tanto un recuerdo permanente entre nosotros para evitar que algunas circunstancias que de alguna manera pudieran ser reflejo de lo que aconteció entonces puedan repetirse ahora.

Hace unos días, querido Sr. Ministro, a quién quiero, respeto y admiro, oí unas declaraciones de usted después de una reunión en un Consejo de Ministros europeo, y usted se escandalizaba con razón a la vista de determinados juegos que hoy en día tienen algunos niños en sus ordenadores, en sus casas. Y que bien que la Ministra de Educación también tenga posibilidad de oír este comentario que ahora realizo.

Cuándo yo representaba al gobierno español en el Observatorio Europeo Contra el Racismo, con sede en Viena, mi compañero representante de Luxemburgo ya me trajo uno de esos juegos en los que, Sras. y Sres. se le daban premios a los niños en la medida en que amontonaban más muertos en la cámara de gas y cuándo lograban amontonar cincuenta, sesenta muertos, tenían derecho a tener dos cámaras de gas.

Hoy, en el año 2007 se están repartiendo estos juegos en las puertas de algunos colegios de nuestra comunidad. Por eso insisto en que el recuerdo del Holocausto, tiene que estar presente ante nosotros con todas sus tintas de tragedia, ante nosotros y la sociedad para que nos desgarremos las vestiduras si es preciso ante la contemplación de tanta ignominia llevada a cabo por seres humanos como nosotros.

Me decía mi entrañable amiga Henar Corbi, cuándo me invitó una vez más a participar en este acontecimiento, que hoy debía dirigir algunas de mis palabras en homenaje a los presentes hoy aquí entre nosotros, testimonio de lo que fue aquella época de horror y que lograron salvar la vida. Y me decía Henar: seguro que tu habrás conocido a algún gitano que haya pasado también por esa circunstancia. Y con el recuerdo de este gitano y la narración de su pequeña historia voy a poner punto final a mi intervención:

Hace algunos años, en la ciudad alemana de Betellheim yo participaba en el III Congreso Internacional de la Unión Romani, y allí se me acercó un hombre pequeñito y me dijo: "soy el realizador de la maravillosa película "Yo ví gitanos felices" y yo fui testigo de una de las escenas más trágicas por las que ha pasado nuestro pueblo en unión del pueblo judío". Me decía él "yo era pequeño e iba huyendo de los nazis por uno de los bosques de Hungría. Era el año 1943-1944 y nos rodearon aquellas huestes nazis y nos hicieron prisioneros y nos llevaron a un descampado junto a un centenar aproximadamente de hombres y mujeres judíos que también habían sido apresados en aquella oportunidad". Y dice "el niño": " mi madre me empujó para que me escapara y yo pude salir huyendo y me refugié detrás de un árbol. Desde allí, me decía este gitano y la emoción me atenaza, contemplé lo que aconteció. En primer lugar cogieron a los judíos y les dieron a cada uno de ellos, especialmente a los hombres unas palas y unos picos y los obligaron a cavar una enorme zanja. Cuándo la zanja estaba terminada, les obligaron a desnudarse a los hombres y a las mujeres. Aquellos mártires ya sabían lo que les iba a ocurrir. Yo ví cómo aquellos judíos levantaban sus manos al cielo, lloraban y al mismo tiempo le rezaban a Dios, encomendaban su alma a Dios, decían que les perdonara sus pecados y manifestaban su esperanza en una vida mejor a la que iban a entrar dentro de unos minutos como efectivamente pasó cuándo las metralletas de aquellos ciegos asesinos segaron sus vidas y cayeron todos a aquella zanja abierta por ellos mismos. A continuación les tocó a los gitanos. Un grupo de entre 20 y 25 entre hombres y mujeres y algunos jóvenes". Y me contaba aquel gitano "en aquellos momentos, mi padre, mi madre, mis tíos, mis abuelos, ya no tenían que cavar la zanja, la zanja ya la habían cavado los judíos. Cuando les dijeron que se quitaran la ropa, y se negaron porque sabían lo que iba a pasar a continuación, todavía los judíos podían intuir lo que les iba a pasar pero ellos fueron los primeros en caer. Los gitanos no necesitaban que nadie les explicara cuál iba a ser su destino inmediato, caer en esa fosa común, por eso se negaron a quitarse la ropa. Fueron aquellos infames soldados los que se acercaron a aquellas mujeres y aquellos hombres para con sus manos arrancarles violentamente las vestiduras que llevaban puestas". Me contaba aquél hombre en su recuerdo de infancia cómo las gitanas, como fieras embravecidas, arrancaban los ojos de los nazis, cómo mordían, como los hombres se defendían como fieras panza arriba ante aquella ignominia, ante aquella tragedia que se les avecinaba.

Homenaje a vosotros, queridos supervivientes, que sois los testigos vivos de esta historia, de una historia trágica que la humanidad jamás debería olvidar. Pueblo judío y pueblo gitano unido en el dolor y en la esperanza. Y permitidme como sentimiento de homenaje, de cariño y de respeto, a este pueblo universal un pequeño testimonio personal: tengo seis hijos, uno de ellos está sentado hoy aquí, Pablo, pero otro de mis hijos que tiene ya hoy veintitantos años, cuándo nació quise que se llamara Israel. Pueblo gitano, pueblo judío, juntos en la desgracia, pero también juntos en la esperanza. Muchas gracias.